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Desafíos reales para la reinserción laboral de mujeres tras la maternidad y a los 40


La reincorporación al mercado laboral después de la maternidad o al cruzar la barrera de los 40 años suele estar rodeada de desafíos específicos que, a veces, pasan desapercibidos en discursos generales sobre empleo. En muchos casos, las mujeres se enfrentan a una confluencia de barreras estructurales, expectativas sociales y dinámicas personales que exigen una planificación cuidadosa, apoyo institucional y una visión realista de las opciones disponibles. A continuación, exploramos algunas de estas dificultades y sugerimos enfoques prácticos para afrontarlas.

En primer lugar, la maternidad puede implicar una brecha en el currículum que, sin una narrativa adecuada, se percibe como una desventaja. Aunque el cuidado de los hijos es una responsabilidad compartida, históricamente la carga de la parentalidad recae en gran medida en la mujer, lo que puede traducirse en ausencias laborales, menor disponibilidad para turnos nocturnos o proyectos de alta exigencia y, por ende, en una menor visibilidad para ascensos o roles de mayor responsabilidad. En este contexto, algunas empleadoras pueden asociar la maternidad con menor compromiso o productividad, una creencia que carece de base y que es, en gran medida, un prejuicio cultural. Este sesgo se manifiesta en procesos de selección, evaluaciones de desempeño y en la distribución de oportunidades de desarrollo profesional.

La conciliación entre vida personal y laboral añade una capa adicional de complejidad. Las responsabilidades de cuidado, ya sea de hijos pequeños, familiares mayores o personas discapacitadas, pueden exigir flexibilidad horaria, permisos inesperados o mudanzas geográficas laborales, lo que complica la planificación de carreras a medio y largo plazo. Si la red de apoyo —familia, amigos, servicios de cuidado— no es suficiente o si las políticas de la empresa no facilitan la flexibilidad, la reinserción puede volverse una carrera de obstáculos.

Al cumplir cuarenta años, algunas mujeres enfrentan una narrativa de “desactualización” tecnológica o de habilidades. En entornos laborales rápidamente cambiantes, la actualización constante es un requisito. Si se han tomado años fuera del mercado, puede surgir miedo a quedar rezagada frente a colegas más jóvenes o a tecnologías emergentes. Este fenómeno no solo afecta la confianza, sino también las decisiones sobre qué formaciones priorizar y cómo demostrar valor en un entorno que valora la novedad y la agilidad.

La percepción de la edad también juega un papel relevante. En algunos sectores, existe una presión para “renovar” la imagen profesional, lo que puede traducirse en sesgos en la contratación o en la percepción de que la candidata ya no encaja en equipos jóvenes o en perfiles de alto dinamismo. Este sesgo puede generar ansiedad y hacer que las candidatas se presenten con menos asertividad o que acepten condiciones laborales menos favorables.

A nivel macro, la desigualdad salarial y la segregación ocupacional persisten. Las mujeres tienden a estar sobrerrepresentadas en sectores con menores salarios y menor probabilidad de promoción. Cuando se integran al mercado laboral tras la maternidad o a partir de los 40 años, pueden encontrarse con una competencia desigual y, a veces, con limitaciones estructurales para acceder a puestos directivos o proyectos estratégicos.

Sin embargo, hay vías de mitigación y recomendaciones prácticas. Institucionales, la implementación de políticas de cuidado razonables, flexibilidad horaria real, permisos parentales equitativos y planes de retorno progresivo al trabajo pueden marcar una diferencia significativa. En lo individual, fortalecer redes de apoyo, buscar programas de re-skilling, asesoramiento en carrera y mentoría, y presentar un plan claro de contribución y actualización de habilidades durante las entrevistas pueden aumentar la confianza y las probabilidades de reintegración exitosa.

En última instancia, la reinserción laboral no es solo un desafío individual, sino una cuestión de cultura organizacional y de políticas públicas que reconozcan el valor de la experiencia de las mujeres en todas las etapas de la vida profesional. Al visibilizar estas dificultades y convertirlas en prioridades de acción, podemos construir entornos laborales más inclusivos, equitativos y resilientes. Si te preguntas por dónde empezar, considera identificar áreas de actualización rápida, establecer una red de apoyo y priorizar empleadores con políticas claras de conciliación y desarrollo profesional. El camino puede ser exigente, pero la combinación de talento, experiencia y una agenda de apoyo adecuada abre puertas que, a largo plazo, beneficia a toda la sociedad.


 
 
 
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